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El reto MAYÚSCULO: la complejidad de la persona en la pastoral de movilidad humana

La Iglesia en la Ciudad de México ha desplegado durante años una respuesta institucional y comunitaria ante el fenómeno de la movilidad humana. Parroquias, movimientos laicales, congregaciones religiosas y agentes pastorales han articulado redes de acogida que van desde la integración comunitaria hasta la provisión de espacios de alojamiento temporal. Esta respuesta, caracterizada por la misericordia operante y la compasión activa, ha enfrentado múltiples desafíos de orden estructural: sostenibilidad económica, disponibilidad de insumos básicos, infraestructura adecuada, articulación interinstitucional, recursos humanos suficientes, y gestión de relaciones con vecindarios y autoridades en contextos de saturación.


Sin embargo, todos estos retos —por complejos y apremiantes que sean— palidecen ante el desafío central de esta pastoral: "acompañar personas". No con beneficiarios abstractos, no con cifras migratorias, no con expedientes burocráticos. Con personas concretas, en toda su irreductible complejidad psicológica, histórica y existencial.


Cada persona que cruza el umbral de una casa del migrante porta consigo un universo interior estructurado por capas de experiencia acumulada. La psicología contemporánea nos enseña que el ser humano es un sistema bio-psico-social-espiritual cuya identidad se construye en la intersección de factores genéticos, históricos, relacionales y culturales. Las personas en situación de movilidad forzada no son excepción; son, de hecho, casos paradigmáticos de esta complejidad.


Traen consigo memorias traumáticas y narrativas de resiliencia. Cargan historias de violencia estructural, persecución política, colapso económico, desintegración familiar. Pero también traen sueños de reencuentro, proyectos de futuro, capacidades laborales, saberes culturales, fe religiosa. Son simultáneamente vulnerables y agentes, víctimas de sistemas opresivos y sobrevivientes que resisten. Esta ambivalencia constitutiva es lo que hace del trabajo pastoral con personas migrantes una tarea de alta demanda cognitiva, emocional y espiritual.


No son números en una estadística migratoria. Son María, quien huyó de la violencia de pandillas después de ver asesinar a su hermano. Son José, ingeniero venezolano que limpia baños para alimentar a sus hijos mientras espera un permiso de trabajo. Son Ahmed, quien dejó atrás una guerra que no eligió para encontrarse en un limbo jurídico que tampoco eligió. Cada uno es un cosmos de situaciones, cúmulos de recuerdos, experiencias, deseos, esperanzas, frustraciones, heridas, luchas ganadas y perdidas.


Atender a estas personas exige mucho más que la provisión de un catre y un plato de comida. Exige la capacidad de sostener relacionalmente la complejidad del otro sin reducirlo a categorías simplificadoras. Y esto, en términos psicológicos, es agotador. El desgaste por empatía, el trauma vicario, la fatiga compasional: estas son realidades documentadas en quienes hacemos misión con poblaciones altamente traumatizadas.

Las personas migrantes nos desinstalan. Interrumpen nuestras rutinas, cuestionan nuestras certezas, exponen las fragilidades de nuestros sistemas. Piden, demandan, exigen. Y tienen todo el derecho de hacerlo, porque lo que piden es lo que se les ha negado: dignidad, seguridad, reconocimiento legal, oportunidades justas.


Esta incomodidad es pedagógica. Nos enseña que el confort pastoral es incompatible con el Evangelio de la encarnación. Nos muestra que la esperanza no es un recurso psicológico que nosotros poseemos y ellos necesitan, sino una cualidad que ellos encarnan y de la cual nosotros aprendemos. Son, en el lenguaje del Jubileo 2025, "misioneros de esperanza": personas que, habiendo atravesado el infierno de la migración forzada, siguen creyendo que es posible un futuro distinto.


Traen consigo experiencias eclesiales diversas, espiritualidades profundas, prácticas devocionales que enriquecen las comunidades receptoras. Son emisores, transistores, transmisores de fe. Revitalizan parroquias envejecidas, dinamizan comunidades, impulsan obras de caridad. Su presencia es, simultáneamente, signo de la crisis de nuestro tiempo y sacramento de la providencia divina.


La situación presente ha agravado exponencialmente los desafíos de esta pastoral. La suspensión de vuelos humanitarios de retorno, las dificultades para acceder a documentación migratoria, la lentitud en el otorgamiento del estatuto de refugiado, y los costos prohibitivos de trámites legales han generado un fenómeno de estancamiento prolongado. Personas que proyectaban estancias de días o semanas llevan meses, en algunos casos años, en situación de liminalidad jurídica y existencial.


Esta prolongación forzada tiene consecuencias psicopatológicas documentadas. Los estudios sobre salud mental en poblaciones migrantes muestran altas prevalencias de:

- Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT): resultado de experiencias de violencia, persecución, travesías riesgosas.

- Depresión mayor: asociada a la pérdida de proyecto de vida, separación familiar, duelo migratorio no resuelto.

- Trastornos de ansiedad: vinculados a incertidumbre legal, temor a deportación, inseguridad económica.

- Insomnio crónico: manifestación somática del estrés sostenido y la hipervigilancia.

- Trastornos de la conducta alimentaria: como respuesta a la pérdida de control sobre la propia vida.

- Manifestaciones psicóticas reactivas: en casos de trauma extremo y aislamiento social.


Además, las condiciones laborales a las que acceden —jornadas extendidas, salarios por debajo del mínimo, explotación facilitada por su irregularidad migratoria— generan un círculo vicioso de agotamiento físico y deterioro psicológico.


Las casas del migrante, espacios diseñados como refugios temporales, se han convertido de facto en lugares de estancia prolongada para poblaciones altamente vulnerables. Esto impone una demanda asistencial para la cual muchas de estas casas no estaban preparadas. La necesidad de atención psicológica y psiquiátrica especializada ha dejado de ser un complemento deseable para convertirse en un imperativo ético.


Las casas del migrante funcionan bajo un principio de acogida incondicional: no se solicitan antecedentes penales, no se discrimina por raza, religión o filiación política. Esta apertura es fiel al mandato evangélico de hospitalidad radical, pero también es un riesgo calculado que exige discernimiento pastoral constante.


Estos espacios deben concebirse teológicamente como "lugares de salvación-sanación". No solo refugios que protegen del peligro inmediato, sino comunidades terapéuticas que facilitan procesos de restauración integral. Salvación entendida no únicamente en su dimensión escatológica, sino como liberación presente de estructuras de muerte. Sanación comprendida no solo como curación de enfermedades, sino como reintegración de identidades fragmentadas por el trauma. Esto exige:

1. Personal capacitado en trauma y salud mental: trabajadores sociales, psicólogos clínicos, psiquiatras que puedan proveer atención especializada.

2. Espacios de escucha y acompañamiento: más allá de la provisión material, tiempos dedicados al diálogo, al reconocimiento de historias, a la validación de experiencias.

3. Redes de derivación efectivas: articulación con servicios de salud pública, clínicas especializadas, programas de atención a víctimas de violencia.

4. Formación continua para agentes pastorales: en autocuidado, prevención del burnout, manejo de situaciones de crisis.

5. Estructuras participativas: que permitan a las personas huéspedes ser agentes de su propio proceso, no solo receptoras pasivas de asistencia.


A pesar de la complejidad, la pastoral de movilidad humana no puede renunciar a su convicción fundamental: cada persona, sin excepción, posee una dignidad inalienable que ninguna circunstancia puede anular. Esta dignidad, fundamentada teológicamente en el imago Dei y defendida jurídicamente en los instrumentos internacionales de derechos humanos, es el principio rector de todo acompañamiento.


Las personas migrantes no son problemas a resolver, sino misterios a respetar. No son casos a administrar, sino hermanos y hermanas a acoger. El lenguaje mismo que empleamos revela nuestras categorías mentales: hablar de "huéspedes" en lugar de "beneficiarios", de "casas" en lugar de "albergues", de "acompañamiento" en lugar de "asistencia", no es mero eufemismo sino reconocimiento de la dignidad del otro.


Seguiremos creyendo en las personas porque esa es la única postura pastoral legítima. Seguiremos defendiendo su dignidad porque esa es la única respuesta evangélica posible. Y lo haremos conscientes de que esta misión nos transforma tanto como a quienes acompañamos. Porque en el encuentro con el migrante, como nos recuerda la tradición bíblica, a menudo estamos recibiendo ángeles sin saberlo (Hebreos 13:2).


El reto mayúsculo de la pastoral de movilidad humana no es logístico, financiero o administrativo. Es antropológico y teológico. Es aprender a sostener la complejidad irreductible de la persona humana sin pretender simplificarla, controlarla o instrumentalizarla. Es reconocer en cada rostro migrante el rostro de Cristo que sigue pidiendo posada, que sigue siendo rechazado, que sigue cargando su cruz por los caminos de la historia.


Este es un trabajo que cansa, que frustra, que duele. Pero también es un trabajo que salva, que sana, que redime. Porque al final, lo que está en juego no es solo la vida de las personas que acogemos, sino la autenticidad de nuestra propia humanidad y la credibilidad de nuestra fe.


Desde la experiencia compartida de sufrimiento, cansancio, hastío, sed, hambre, desesperación, miedo y pánico. Desde la certeza de que en el encuentro con el otro vulnerable, somos nosotros quienes recibimos más de lo que da.


Juan Luis Carbajal, C.S. 

Casa del Migrante Arcángel Rafael 

Ciudad de México

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